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Crónica de guerra en un país en paz

  • 6 jun 2016
  • 3 min de lectura

Foto Archivo.

Tras semanas de preparación psicológica, finalmente, junto al valiente Albert Rivera, un equipo periodistas nos subimos al avión rumbo a Venezuela, rumbo al peligro mortal.



El vuelo se hizo eterno. Me costaba respirar. Llevaba puesta mi máscaras anti gas porque, en un viaje tan incierto, cualquier cosa nos podía pasar. Aterrizamos. Mis manos sudaban. Era la hora de la verdad. Esperamos a que desembarcaran todos los pasajeros: algunos españoles incautos buscando el sol del Caribe en el lugar equivocado, porque no vieron el documental “Tierra Hostil” que pasaron en Antena 3. Otros, venezolanos que regresaban de visita al país donde la persecución política los había empujado al exilio.



Desembarcamos para enfrentarnos al primer bloque de matones del régimen de Maduro: Diligentes funcionarios de inmigración que nos dejaron pasar sin demoras. ¡Maldición! No nos metieron en un cuartico como hacemos nosotros a los venezolanos en Barajas. No nos devolvieron por donde vinimos, y yo sin reportaje, pero esto apenas comenzaba.



Al superar la salida, un grito nos paralizó de miedo ¡Albert Riveraaaaaa! –muchos nos lanzamos al suelo esperando el tiroteo y los estallidos de granadas. Era Lilian Tintori rodeada por enjambre de periodistas que celebraba nuestra llegada. Ya repuestos, tuve que cambiar mi nota pautada sobre la falta de libertad de expresión por una sobre Lilian marcando tendencias en la moda con su look Convento Chic.



La pauta era hacer pases en vivo al otro lado de charco. Los pautadores no pensaron que tal vez no habría nada que pautar. “Repitan el video de la obesa hambrienta de la semana pasada, porque aquí no termina de correr la sangre que tiene que correr” –Decía un compañero al productor de Antena 3 que le exigía acción.



Rodeados siempre por las mismas 20 caras, no hubo multitudes vitoreando a nuestro paladín. No hubo discurso en la plenaria de la Asamblea sino en una oficina, no nos fuimos a una marcha opositora “porque no hay mucho que ver”. Ni siquiera fuimos tendencia en Twitter. En España, la obesa lloraba y lloraba en la pantalla y el papá de Leopoldo también.



Mi novio me mandó un whatsapp, “Os estáis pasando y la gente se da cuenta”. Entonces me puse la máscara anti gas y le envié un selfie para que viera que todo lo que decimos en los medios es verdad.

Temer a la cultura


Por Alí Ramón Rojas Olaya


Una de las primeras medidas que tomó el presidente interino Michel Temer en Brasil fue eliminar el Ministerio de la Cultura. Era obvio que esto pasara. El pueblo brasileño siempre se ha aferrado a sus raíces. Ni siquiera los Beatles lograron colocar una pieza entre las diez canciones más sonadas en Brasil en la década de los años sesenta. Sin embargo, y a pesar de esa solidez, gubernamentalmente es con la llegada de Lula que los cultores son reivindicados. Contaba Alfredo Manevy el 19 de febrero de 2016 en el 1er Foro Internacional de Economía Cultural, que uno de los creadores del bossanova João Gilberto, estuvo en la indigencia.



Manevy fue ministro de cultura de Lula y en esa oportunidad vino al país como Secretario Adjunto del Ministerio de Cultura en São Paulo. Para este profesor “el concepto de economía cultural va más allá de la Industria” porque “no es posible una cultura sin acceso”. En Brasil, decía, “la cultura ya constituye un 2 % del PIB”. El conferencista insistía que “el valor agregado parte de la cultura, la educación y la ciencia, es esencial para la soberanía.



Todo esto quedó truncado. Michel Temer y su jefa, Liliana Ayalde, embajadora de Estados Unidos en Brasil, le temen a la cultura. Según la encuestadora Datafolha, “sólo el 2% de la población votaría por Temer en una elección presidencial, mientras que el 60% pide su renuncia”. De la gringa sabemos que era la embajadora de su país en Paraguay durante el golpe de Estado parlamentario al presidente Lugo.



¿Por qué temerle a la cultura? Porque la cultura es el ejercicio permanente con la que un pueblo fragua su identidad. Porque la cultura son “los poderes creadores del pueblo” como lo perpetuó Aquiles Nazoa. Dice el maestro Luis Antonio Bigott, alumno de Paulo Freire y João Bosco Pinto, que “la cultura como creación no es otra cosa que un instrumento, un arma de lucha que permite, no sólo la resistencia a la penetración cultural de los países dominantes, sino que sirve de punta de lanza para frenar y liquidar la dominación foránea”. Los enemigos temen a la cultura, nosotros la forjamos. ¡Viva Dilma!

 
 
 

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