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Cuatro reflexiones sobre el revocatorio

  • 8 ago 2016
  • 4 min de lectura

Derecho a pedir… y a negarse



La oposición derechista, los neo-opositores de izquierda, los voceros del imperio y sus franquicias europeas y latinoamericanas, ciertas ONG y la maquinaria mediática global coinciden en que pedir el revocatorio es un derecho de un sector importante de la población. Tienen razón, pero no toda la razón.

Y no tienen toda la razón porque oponerse a la convocatoria de ese referendo también es un derecho de otro sector importante de la población.



Hay muchas razones para estar en contra de la realización del referendo. Y no todas tienen que ver con aferrarse al poder, como dicen los mismos actores enumerados anteriormente. Hay gente que se opone por considerarlo una pérdida incuantificable de tiempo y energía en momentos en que necesitamos tanta concentración y esfuerzo para salir del atolladero en que hemos caído.



Como sea, si el sector pro-referendo puede ejercer todos los recursos políticos y jurídicos que tenga a mano para lograr que se realice la consulta (y lo ha hecho), pues el sector anti-referendo también puede hacer uso de los instrumentos que considere apropiados para evitarla. Es la aplicación de la conocida doctrina de la salsa del pavo y la pava. En eso estamos.


Abusos de poder

Todo el conglomerado opositor anterior machaca la idea de que el rrrrégimen niega el derecho a referendo mediante diversas formas de abuso de poder. Argumentan que el Consejo Nacional Electoral le da largas al asunto y que el Tribunal Supremo se apresta a intervenir para aplazar la realización de la consulta.



Ahora bien, si hablamos de abusos aplicados al tema del referendo, el chavismo podría enumerar una larga ristra, atribuibles a los poderes fácticos externos e internos. Por ejemplo, las injerencias constantes de Estados Unidos y sus aliados, las arbitrariedades del secretario Almagro, las peticiones hipócritas de gobernantes que ni en juego aceptarían ellos mismos algún tipo de referendo…



Pero, el abuso más descarado de todos es el del poder económico que ha perpetrado todas las atrocidades imaginables para hundir al pueblo en la desesperación. Los grandes capos empresariales, siguiendo un plan meticuloso, han creado una situación inaguantable para que sus secuaces políticos vayan al referendo con ventajas evidentes. ¿No es ese un abuso de poder?


La presión de calle



A algunos partidos de la oposición les encanta atribuirse como grandes logros políticos lo que no son otra cosa que pasos en un cronograma, establecidos en una normativa. Así ocurrió el año 2015, cuando se dedicaron a exigir que el CNE convocara las elecciones parlamentarias. El organismo lo hizo porque así correspondía constitucionalmente, pero entonces varios figurones desprestigiados de la MUD saltaron a decir que había sido el producto de las presiones que ellos ejercieron. Es como si alguien hubiese estado reclamando desde abril que comenzara agosto y al llegar este mes, apareciera en los diarios diciendo que “estamos en agosto gracias a la presión que yo ejercí”.



Este año están repitiendo el guión. El Poder Electoral ha ido cumpliendo las diversas fases del proceso de solicitud de revocatorio, estipuladas en el reglamento vigente. Pero cada vez que se hace un anuncio, aparece algún dirigente a decir que “esto es una victoria del pueblo opositor en la calle”.

La verdad es que si todo dependiera del factor pueblo en la calle, el gobierno no tendría nada de qué preocuparse, pues todos los intentos de movilización masiva para presionar al CNE han sido fallidos e, incluso, algunos han terminado siendo bastante ridículos.



Todo el que conozca un poco de política, todo el que haya presenciado acontecimientos disruptivos en este campo (como la caída de la Unión Soviética, por ejemplo) sabe que el pueblo movilizado es un acelerante de cualquier situación. Pero esa presión, al menos por ahora, tiene que ser real. No puede ser mediante una tendencia de Twitter o Facebook, aunque tal vez algún cercano día bastará con eso.


Triunfo automático

La oposición -política y mediática- actúa como si el lograr la convocatoria del referendo significara, automáticamente, que el mandato de Nicolás Maduro está revocado. Pero, en política casi no hay nada automático.



En primer lugar, es claro que luego de lograrse la convocatoria habrá una etapa de campaña, en la que el sector del NO intentará nuclearse y resistir la embestida, del mismo modo como lo hizo el comandante Hugo Chávez en 2004, una de las contiendas electorales más electrizantes de la historia venezolana.



Mientras tanto, es previsible que la inminencia de una victoria electoral hará aparecer en el escenario de la oposición a mucha gente con aspiraciones. Quienes han sido hasta ahora los principales promotores del referendo, en particular Henrique Capriles Radonski, serán los primeros en querer cobrar su factura. Pero esta vez las cosas no resultarán tan sencillas para este desangelado personaje como lo fueron en los comicios sobrevenidos de 2013, pues Leopoldo López tiene un argumento muy contundente (más de dos años en prisión) y “el candidato del futuro”, Henry Ramos Allup, ya ha dejado claro que, cual caballo viejo, no está dispuesto a “perder la flor que le dan porque después de esta vida no hay otra oportunidad”. En fin, el brote de las ambiciones individuales y partidistas incidirá en la cohesión opositora con miras al todavía hipotético referendo.



Adicionalmente, la convocatoria no implica automáticamente la derrota del gobierno porque bien se sabe que no basta con obtener más votos que la otra opción, sino que es necesario superar la barrera de los sufragios alcanzados por Maduro en 2013. Y eso, por más que la contrarrevolución se faje duro, no será nada fácil.

 
 
 

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